jueves, 16 de febrero de 2017

A UN REPUGNANTE TROLL (De Aristóteles, Fernando de Ita y banquetas afiladas)

Creo que no entendiste nada sobre lo que dije de Aristóteles y de por qué me parece ridículo que lo usen de comodín para cualquier discusión sobre el sentido del drama. Repugnante troll: tus comentarios, anónimos, no merecen respuesta, me detengo contigo porque pienso que en mi texto pasé de largo algunas ideas y espero que responderte les sirva también a otros. Trato de ser preciso, a ver si queda claro:

Aristóteles no era infalible. Se equivoca mucho. Si la ciencia fuera tan estúpida como nuestros teatreros, todavía pensaríamos que dos cuerpos caen a diferente velocidad en proporción a su peso. Eso lo dijo Aristóteles. En este siglo, los únicos que creen que una bola de boliche cae miles de veces más rápido que una canica, son nuestros teatreros. También creen que la mejor definición del personaje es “el que ejecuta las acciones”. Así son ellos.

Aristóteles tiene como referencia las obras de su lugar y tiempo. De ellos, incluso no toma todo. Por ejemplo: poco sabemos sobre lo que fue el teatro de calle en Grecia. Lo que sí sabemos, es que tuvo una importancia, por lo menos una presencia, mayor que la misma tragedia. Pero vamos al punto: sostener cualquier argumento sobre el drama, en estos tiempos, citando a Aristóteles, es como intentar llegar a la luna en un trirreme. Son dos mil quinientos años, dos mil quinientos años de evolución del drama. No mames.

Concediendo lo inconcedible, ni siquiera sabes bien qué dijo Aristóteles. La mayor parte de las citas y verdades torales que se le atribuyen sobre el drama, vienen de traducciones a modo que se dieron con el tiempo para justificar posturas de una época. Es decir, aun cuando no creyeras en mis dos primeros argumentos, antes de citar la Poética, deberías revisar si realmente estás citando la Poética.

Este asunto es menor, pero no quiero dejarlo pasar. La Poética no es un tratado, la mayoría de los críticos coinciden en que es una colección de apuntes para clase. Por eso está tan desordenada, por eso hay ideas que pasa de largo y otras en las que se entretiene sin sentido, por eso, hasta en la mejor traducción, siempre encontrarás que hay ideas que no amarran con las otras.

Ya todo lo del personaje no voy a repetirlo ni desglosarlo ahora. Solo debe quedarte claro que si lees bien el texto original, el que llegó a nosotros, si lo lees con cuidado e inteligencia, encontrarás que el concepto de personaje todavía no está cuajado en la Poética. El concepto de personaje irá tomando forma durante todos estos siglos. Por decirlo de manera simplona: Aristóteles nunca habló del personaje, tiene ideas que son importantes para su configuración, pero no lo ve. No lo alcanza a reconocer o no le interesa.

En cuanto a lo demás, te doy algo de razón: Fernando de Ita siempre ha hablado bien de mí por cariño. Creo que también por respeto, pero, sobre todo, por cariño. Pretender que eso le quite méritos es estúpido e infame de tu parte, en tal caso a quien le quitará méritos es a mí, pues buena parte de mi fama se la debo a sus estridentes pregones. Tal vea no lo sepas, y si lo sabes, por infame prefieres ignorarlo, pero no existe nadie en este país que pueda hablar con tanta autoridad del teatro como Fernando de Ita. No solo es un decano de nuestro periodismo cultural. Fernando de Ita ha recorrido la legua, ha visto el teatro que se hace en absolutamente toda la provincia de nuestra República Teatral. Eso ha sido por décadas y nadie más lo ha hecho. Nadie en nuestro país, además, ha visto tanto teatro del mundo y lo ha discutido de manera feroz con sus creadores. Además, durante años, he sido testigo de su disposición para pelear por los derechos y la dignidad de nuestros teatreros. Cualquier teatrero en este país que se topa contra el desdén y el abuso de las instituciones, al primero que busca es a Fernando de Ita. Eso lo saben todos. Comparar a Fernando de Ita, no solo es infame, te muestra desinformado. En resumen, no solo yo le debo mucho a Fernando de Ita: todos los teatreros en este país, nuestro mismo teatro, le debemos mucho a Fernando de Ita. El teatro en México hoy sería una cosa muy diferente, muy menor, si no fuera por de Ita.

Nunca borro mensajes, aunque sean anónimos, aunque sean soeces, como el tuyo. Este lo borré no por lo que digas de mí, lo borré porque eres infame con gente que quiero y respeto. Conmigo, lo que quieras, con mi gente, no te metas. Ni tú ni nadie.


Y para terminar: te respondí con toda decencia, pero cuando sepa quién eres, ten la seguridad de que te voy a embarrar el hocico contra la banqueta hasta dejarte sin dientes. Baboso.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Una bola de carne en la escena

Hay obras, que de tan malas, te dificultan el análisis, la disección. En estas, nunca sabes por dónde comenzar: se antojan como un gran animal de caza que cuelga de las patas traseras y pide inerte que lo desuelles con máxima precaución. Ahí, pues, están las ridículas pretensiones del director haciendo las de tripamenta; más abajo, el baboso entender de lo que es plantarse sobre la escena como dos largas y jugosas piernas que deben ser decoyunturadas con filo y precisión; acá la piel y cornamenta de la escenotecnia dislocada y, por todos lados, terminará regada la sangre del mismo sentido de hacer teatro.

En cambio, hay otras obras, de tan complejas, bien resueltas, tan vivas ellas, que invitan al pánico siquiera de posar la mirada sobre ellas. Corren vigorosas, magníficas, por los llanos de la escena. Palpitan con fuerza, enloquecen al mezquino cazador de comadrejas que es cualquiera que se asuma crítico y ponen a temblar el dedo en el gatillo, o el que tensa la cuerda del arco. Qué importa el arma, dedo al fin. Estas obras son las menos, pero ahí están. “Hay teatro vivo y teatro muerto”, dice siempre Fernando de Ita citando a Roberto Ciulli, y dice bien. Bola de carne, de Bernardo Gamboa, es pieza de caza mayor. Solo tocarla, pues, me parece irresponsable; pero hay que hacerlo, evitarlo sería ingrato, pues haberla vivido fue un regalo para este torpe cazador de maravillas. Vamos a ver si mi falta de pericia no termina partiéndole el hocico.

Comienzo por la ética. Asistimos a la caída de Occidente. O eso nos parece justo desde aquí. Vemos cómo se derrumba el país y suponemos por los noticiarios que el mismo Orden Occidental se está yendo a la mierda. Suponemos también, en medio de la caída, que la ética podría salvarnos del reatazo. Es decir, nos parece que detrás de todos los problemas están la corrupción, la ineptitud y violencia de nuestras clases política y empresarial, la inmediatez y gandallismo de nosotros acá abajo, y otros males de diferentes tamaños que bien podrían solucionarse si volviéramos a actuar de manera correcta. Todo se nos plantea, pues, como un dilema ético de lo más elemental: ser o no corrupto, ser o no gandalla, y así y así. Y este dilema ético se traduce, en tanto que ético, en una propuesta de acción civil: permitir o no hacer al corrupto, permitir o no hacer al gandalla, combatir o no la violencia con violencia.

Para Bernardo Gamboa y Micaela Gramajo somos todos, pero todos, unos ilusos optimistas si pensamos que la ética puede servirnos de algo: el mundo se está derrumbando y la ética es solo otra forma de expresión cultural, es decir, otra forma del ejercicio del poder.

La trama es sencilla, hasta planteada en la forma más elemental de teatro de tesis: se ubica ubicua en un mundo que lo mismo es aquí y ahora que el Imperio Romano que escucha horrorizado a las bárbaros tocar a la puerta. Aquí o allá, qué más da, un par de criados godos están enseñando a la hija del patrón el viejo arte de cazar cerdos. Y la violan. Apenas van a cazar al marrano cuando mejor deciden que lo correcto es cogerse a la hija del patrón. No me queda claro en este momento si también la matan pero eso no es lo importante, el crimen está hecho y debe ser castigado. Bizarro el mundo, bizarra su manera de entender la justicia, bizarros los oponentes, queda planteada la cosa judicial en un dilema ético: tú tienes todo el derecho, desde tu posición de poder, a juzgar y condenar mis actos, de la misma manera que yo tengo todo el derecho, asistido por la misma naturaleza de cometer el delito, es decir, tú me condenas porque puedes y yo me la cogí porque podía. Ergo, cualquier cosa que resuelvas te enredaría en una paradoja. Ergo, y peor, cualquier decisión que tomes pondría en crisis la ética y Roma de todos modos caerá.

No me avergüenza haber develado la trama porque Bola de carne está planteada muy lejos de la convencionalidad del drama de tesis. La historia como tal, corre como una muy corta columna vertebral de la que se desprenden largos y gratuitos miembros, escenas que a veces clavan su pezuña frontalizando al público con el discurso directo, otras alargan la trompa en escenas cotidianas más propias de un teatro íntimo y que se desbocan en juegos de argumentación, inteligencia y lenguaje.

Si la dramaturgia es fina e inteligente, la puesta en escena es vigorosa y carnal. Si la obra tratara sobre un estúpido gusano que busca a su mamá, aun así verla valdría la pena por las actuaciones de la Gramajo y Gamboa: ella solvente, él imponente, ambos bien vivos, llenando la escena como si de la actuación dependiera toda la obra.

La parte más horrible de mí no pudo dejar de pensar durante la obra en otros ejercicios similares, esos que ahora se venden caros a nuestra babosa burocracia teatral y llenan sabrosamente el ojo de ese público de hipsters atarantados que creamos con el pretexto de la renovación de la escena: teatro de ideas sin una sola idea, con muy poquito teatro. Hacer teatro de tesis no es fácil, pensar el mundo de manera inteligente y luego llevarlo a la escena se antoja a veces imposible: porque el seso es seso y el teatro es carne, pura maciza. Bola de carne, con toda su fuerza bruta, con toda la humedad sanguinolenta que supura, hace que parezca fácil.


Estrambote

Sé que a esta obra no le ha ido mal, tampoco ha sido el hit del año. Entiendo que su inteligencia y lucidez le puedan hasta parecer chocantes a este mundo estúpido. La misma paradoja que plantea la obra la victimiza: quien decidirá si Bola de carne es importante serán los ya citados público y burócratas teatrales. También nuestros teatreros. Y en tanto que todos ustedes ciudadanos, al fin cómplices de este derrumbe generalizado, cómo podrán entender el bello animal que se solaza frente a ustedes. Quede entonces Bola de carne como un registro de que alguien, por lo menos alguien (en este caso dos), supo (supieron) leer las catástrofes en medio del temblor: la catástrofe de la Occidente en general y la catástrofe de nuestro teatro mexicano en lo particular. Digo, sirva como registro si es que al final queda alguien para leerlo.

Segundo estrambote

Bola de carne se presentó en nuestro teatro La Caja (digo nuestro porque depende de la Compañía Titular de Teatro de la UV), acá en Xalapa, se presentó gracias a las malas artes de Luis Mario Moncada y gracias a esa disposición que siempre tienen los verdaderos teatreros de hacer teatro cualesquiera que sean las condiciones. La presentación de Bola de carne fue un vaso de agua fresca en medio de los calores que produce la actual sequía del teatro independiente xalapeño, porque algo pasa con el teatro independiente en Xalapa. En los últimos años, una generación de jóvenes y talentosos teatreros dio vida a nuestra escena independiente. Estos jóvenes crecieron: los que de verdad servían, se fueron, porque en Xalapa las condiciones para hacer teatro no son las mejores; quienes se quedaron aquí, pues por algo se quedaron aquí. Eso pasa, y es normal, pero uno suponía que detrás de este grupo vendrían los jóvenes a llenar el espacio y continuar con esa gran historia de teatro orillero que tiene ilustres referentes en gente como Paco Beverido y proyectos como aquellos talleres libres de La Caja. No veo a los jóvenes. Vamos, sí los veo, pero los veo haciendo trabajos escolares, sin sentido ni factura, dignos de cualquier otro puto rancho polvoriento. Para acabarla de joder, Martín Zapata, que se había quedado acá para sacar la casta, ahora anda muy orondo de sabático.



Allí el animal, acá las carnes, juzgue usted mi pericia con los cuchillos y la chaira.

jueves, 9 de febrero de 2017

Los nombres del personaje

Es difícil hablar del personaje en este país por la serie de discrepancias y equívocos para nombrarlo que se han ido acumulando, tanto en la historia de Occidente, como las muy propias de nuestro país y, particularmente, de la academia y nuestro medio teatral.

Los equívocos comienzan con el mismo Aristóteles, sus lecturas sesgadas, sus traducciones forzadas y, particularmente, la ridícula traducción que hizo de la Poética Juan García Bacca, a quien, a propósito de esto, Valentín Garía Yebra, en la muy autorizada versión trilingüe de Gredos, dedica varias páginas de agudos reproches.

El mismo hecho de seguir considerando a Aristóteles punto de partida para el análisis del personaje, o cualquier análisis del relato en general y el drama en particular, sigue siendo la gran piedra que cuelga sobre las cabezas de nuestros pensadores del teatro, al grado que se ha vuelto fórmula general el uso del término “aristotélico” para referirse a todo lo que entendimos por teatro y drama durante dos mil quinientos años y el de “no aristótelico” para esos intentos de erosionar el modelo que, comenzaron el siglo pasado, y ahora ya están más que reventados, incluso, para sorpresa del púlpito, en las formas más convencionales que tenemos de entender estos conceptos al día de hoy.

Resulta ridículo, pues, seguir tomando como referencia a Aristóteles, cuando el siglo veinte produjo formas mucho más claras y sin errores de traducción que analizan el relato y sus categorías, mejores y más intencionadas que las que se presentan en esa colección de apuntes para clase que nos llegó del Estagirita. Es verdad que Propp coincide con Aristóteles en un principio al solo observar al personaje en acción, y pueden encontrarse puntos en común entre el pratton aristotélico y las funciones de Propp, pero cualquiera que haya leído a los dos encontrará rápido que el ruso llega a un lugar similar pero partiendo de hacer una extrapolación de las herramientas de la biología para el análisis taxonómico. Le doy mucha importancia a esto porque buena parte del pensamiento sobre el drama que se produce en el siglo veinte tiene su origen en los intentos de Vladimir Propp por analizar los cuentos tradicionales rusos, aun cuando este pensador haya sido rebasado con rapidez.

El problema de los nombres

Pero concedamos su lugar al sabio griego, y no lo desechemos para el asunto de los nombres, porque quedamos que de él parten todos los problemas. Lo que se traduce como “personaje” en buena parte de las traducciones, se refiere principalmente al uso que hace Aristóteles de dos palabras: “prattón” y “ethos”. En otras partes, claramente el sujeto de la oración está obviado en el griego, por lo que el traductor opta, convenientemente, por enunciarlo. De estos tres conceptos parte, pues, todo lo que quienes toman la Poética como referencia para hablar del personaje. Curioso es que ninguno de los dos primeros se refiera propiamente al personaje y el tercero solo lo suponga. Eso sí, cada uno de los tres se acerca, roza el término, y lo pasa de largo.

El caso del prattón es el más sólido. Con él se refiere Aristóteles a “el que hace” y no a la figura precisa del personaje en el momento de hacer. Trato de explicarme: es como cuando usamos el arcaísmo “rompido” sobre la forma actual del participio pasivo para romper, que es “roto”. En “rompido” estaba la acción no esencializada sobre el sujeto, pero como consideramos, que cuando algo se rompe ya se rompió, con el tiempo fuimos prefiriendo “roto” porque “roto” se integra a la esencia del sujeto, entendiendo, pues, que no es algo que le pasó al sujeto y nada más, sino que es algo que modificó su esencia. Lo roto, pues, roto está. Así, Aristóteles, no está reconociendo un ente hacedor en el pratton como tal, se queda solo observándolo en el momento de hacer pero no reconoce, como en ninguna parte de su obra, el constructo ficcional que se crea a partir de las acciones: el personaje. Eso no quita méritos, en el pratton es la primera vez que encontramos, aunque líquida, mención a esa parte del personaje que la teoría moderna ubica en el “hacer”.

Los problemas de interpretación para “ethos” son los menos sostenibles. No hay duda en ninguna parte de la obra de Aristóteles lo que quiere decir con “ethos”, que se traduce correctamente como carácter. Pero a lo largo de la Poética, Aristóteles habla sin mucho distingo entre la cosa y su representación, así, se refiere a veces con “ethos” lo mismo al carácter de los hombres que a la representación del carácter de los hombres. El detalle es sutil y sería vano detenerse en él, si no fuera porque toda la poética está fundada en el concepto “representación”. Entonces, aun cuando le diéramos el beneficio de la duda y entendiéramos que “ethos” se refiere propiamente a la representación del carácter de los hombres, lo que nos pondría cerca del “pratton”, pues como bien sabemos, el carácter es la forma en la que el pratton hace su trabajo en el drama y por lo tanto es la parte más importante del “hacer” del personaje, aun en este caso, no está hablando del personaje como tal. Así, cada que un tarado me viene con el cuento de que Aristóteles dijo que la acción siempre es más importante que el personaje, ya de plano solo me sonrío. No solo tendría que explicarle sus errores de formación, tendría que detenerme a explicarle con cuidado que el concepto de la “acción” no puede separarse, y por lo tanto, ponerse encima, del de “personaje”. Sonrío pues.

Entonces, en Aristóteles no estaba nombrado el personaje. Ni nombrado ni reconocido más que parcialmente. La confusión de los nombres continúa inmediatamente después de su muerte, con Los caracteres de Teofrasto. (No es por ser chismoso, pero todo mundo sabe en Atenas, y por acá, que Teofrasto era el killer de Aristóteles). Con Teofrásto por primera vez tenemos un nombre para el personaje: carácter. Esto abonará en el tiempo a la confusión de términos. Por una parte tenemos en la Poética el término “ethos”, que se traducirá incorrectamente como “personaje” y de forma correcta como “carácter”; por la otra, tenemos ya con Teofrasto la palabra “carácter”, que se traduce como carácter, pero que se refiere a “tipo” en cuanto a gramática del personaje.

Hasta que el personaje comenzó a dividirse en “ser” y hacer”, era muy válido entenderlo por una construcción de “tipo” y “carácter”, construcción que además era suficiente para entender y dividir todas las formas de personaje hasta antes del naturalismo. El modelo no solo era fácil de explicar, sino fácil de encontrar en los textos dramáticos de referencia: un tipo es una idea general del hombre (tal como los tipos que presenta en sus Caracteres Teofrasto) y el carácter un rasgo que lo particulariza, que lo separa de esa idea general, que no necesariamente tiene que ser solo una forma de hacer, un “ethos”. Entonces, si en Teofrasto encontramos tipos llamados “caracteres”, y por otra parte, usamos carácter tanto para referirnos al “ethos” como a todo lo demás, bendito Dios, no hay quien entienda. Si a esto le sumamos que en algunas lenguas, como en el inglés “carácter”, carácter es sinónimo de personaje, aquí apareció el gordo con el leño y todo valió madres.

En resumen, en este país podremos comenzar a hablar del personaje, de su estructura, de sus relaciones, cuando dejemos de tomar como referencia a los griegos. Dejar de citar a lo pendejo a Aristóteles, tanto para afirmarlo como para negarlo, ayudaría bastante. Decirle “personaje” al personaje, también. Comenzar a desglosarlo y construirlo por categorías del “ser” y el “hacer” y entenderlo como un vector en construcción, ya sería el dulce.


Estrambote


Querido teatrero mexicano: sé que me lees en bola y por montón cuando digo chingaderas de la gente. Sé que casi nadie lo hace cuando hablo en serio. Ni mientas ni saques inútiles pretextos: me lo dice el contador del blog. Y el contador del blog no miente. Desde hace tiempo tengo asumido, pues, que columnas como esta las leen el aire y seis o siete robots ucranianos. Aunque, a pesar de todo, mantengo la confianza de que a alguien le sirvan mis palabras, las escribo con la mera intención de dejar un registro de que estuve por aquí, de lo mucho que amé pensar en la palabra, lo mucho que amé pensar, lo mucho que amé y lo mucho que me dolió. Si llegaste hasta aquí, ya estoy agradecido.

jueves, 5 de enero de 2017

Serenata Xalapeña

Anoche, padeciendo amores, curélos pergeñando una serenata para la tierna flor de mis suspiros, pero más que curarlos, amanecen hoy algo agravados. Amada mía, sabes que me rompes con tu desprecio, y cada uno de estos versitos, es un pedazo de lo que queda de mí. Acompáñalos en tu lectura con música de Chava Flores o una tierna balada del Piporro.

Nota: por recomendación de mi abogado guardo el nombre y apellidos de mi amada en el corazón, absténgase de preguntar, curioso lector.


Serenata xalapeña

Yo sé que escuchas
Detrás de las cortinas
Que estás tejiendo
Un suéter u otro chal
Y estás tuiteando
A todas tus amigas.
Que ando muy loco
Y te vine hoy a cantar.
Con este frío
Te vine hoy a cantar.

Aquí el mariachi
Cobró ochocientos varos
Dos six de lager
Y un brandi ques coñac.
Yo aquí pagando
Los vicios de esos vagos.
Y tú ingrata
Me aplicas el frienzón.
Y tú de piedra.
Me aplicas el frienzón.

Por todo el barrio
Te dicen ya la sorda
Que a cada rato
Te vienen a cantar
Y nunca sales
Parece que ni escuchas
Y ni te asomas
Qué vayan a pensar
Tú tan decente
Qué vayan a pensar

Ya le piqué
A todos botones
Del uno al ocho
Y luego al revés
El edificio
Ya está medio emputado
Menos la gorda
que vive en el seis
Métete gorda
Que para ti no es.

Ya los vecinos
Llamaron a la trulla
Y no me importa
Yo voy a declarar
No soy poeta
Ni tú una campesina
Tú siembras mota
Y yo ni sé rimar
Tú esnifas coca
Y yo ni sé esnifar.

Y vuelvo pronto
Nomás que sea quincena
Para cantarte
Los versos de mi amor
Si no te gustan
Ni que estuvieras buena.
Tú eres la sorda
Y yo soy el cegatón.
Yo canto feo
Y tú pareces troll.

Y mientras tanto
Te estás haciendo vieja
Con tus agujas
Un vodka y lexotán
Ya sal ingrata
Asómate a la calle
La vida pasa
Y se te va a pasar
Pasa de prisa
Y se te va a pasar.

Tan tan.

lunes, 2 de enero de 2017

Adrián Vázquez lo hizo de nuevo

Hace un mes, Adrián Vázquez me pidió algo insólito: quería que leyera un texto que estaba escribiendo para que le ayudara a ponerle nombre. Titular una obra que no es tuya es como atinarle el nombre a un perro que no conoces. Para hacer la tarea más difícil, el texto apenas era una escaleta de algo que estaba trabajando con sus alumnos sobre el escenario y Vázquez tenía mucha prisa porque estrenaba en este mes.

Ante mi pasmo absoluto, el cuarto Vázquez más famoso de Baja California (después de esos tres hermanos que interpretan covers con una guitarrita), terminó decidiendo por él mismo y la obra se llamó Los que sobran. Y, efectivamente, lo que en noviembre era apenas una escaleta llena de faltas de ortografía, se estrenó un mes después en el Foro Shakespeare de la Ciudad de México.

Hace unos diez u once años, conocí a Adrián Vázquez y su trabajo en No fue precisamente Bernardette, un unipersonal vigoroso y desbordante de vida. Desde entonces lo he seguido de cerca y con el tiempo hasta creo que somos amigos. Hijo del esfuerzo, hombre de trabajo como nadie en el medio, Vázquez lo mismo participa en proyectos ajenos y colectivos que en los propios, muy individuales y sintéticos. Hasta esta obra, su trabajo se caracterizaba por ejercer el concepto de “unipersonal” en su sentido más estricto: un actor en escena, que se dirige a sí mismo, que ha escrito él su propio texto, produce el espectáculo, y que si fuera por Vázquez, él mismo se encargaría de la cabina y vendería los boletos. No confundir estos trabajos personalísimos con otros en los que participa como director o actor.

Ya en Wenses y Lala (¿2014?), Vázquez escribe, dirige y actúa un texto propio, sí, pero acompañado en escena por Teté Espinoza. Es decir, Adrián ahí ya escribe un texto para la escena pensado para más de un actor. En Los que sobran (2016), el dramaturgo Adrián Vázquez hace un tránsito, más que un tránsito, un salto de fe, y escribe para cinco actores sobre la escena y lo hace con sobrada solvencia. Autor como es de unipersonales, hace el tránsito a la polifonía de manera natural en un modelo de teatro narrado. No solo eso, sabe combinar con destreza, desde el texto y como director de escena, las partes narradas con breves pero precisos toques de drama coral, agrupando actores para ejecutar coros en los que la identidad individual se disuelve en el grupo para después materializarse en individualidades con harta fluidez.

El cambio de una a cinco voces no es cosa fácil, y no solo implica abrir un texto a cinco narradores y algunos coros. Adrián escoge bien su estructura, mantiene una clara narrativa en un juego intrincado de prolepsis y analepsis y acomoda con precisión sus últimas escenas para terminar su relato en la misma última línea del texto.

Otro rasgo de las obras de Adrián Vázquez es su capacidad para embobarnos, seamos adultos, jóvenes, niños o uno de esos fetos católicos que se resisten inútilmente al legrado. Yo podría decir que Los que sobran es una obra para jóvenes, por la temática y ciertos códigos culturales de referencia. Seguramente a los jóvenes los toca, pues por delante muestra una bildungsroman enmarcada por el mundo violento que les heredamos. A los diecisiete años o dieciocho intenté leer La Montaña Mágica y me zurró. A los veinticinco leí El guardián entre el centeno y me hice devoto del mamón paranoico de J.D. Salinger. Ahora, a los cuarenta y ocho recién cumpliditos, Los que sobran confirma y acentúa eso que pensé de Adrián Vázquez aquella vez que lo vi, hace once o doce años, enfundado en un pantalón de mezclilla viejo por único vestuario y escenografía, ganándose el bolillo acá en Xalapa con su Bernardette. Parafraseando el clásico del jabón Nórdiko: Los que sobran es para jóvenes pero a los adultos nos encanta.

Para seguir el canon de las viejas críticas de teatro, me meto a opinar sobre lo que no me importa y como si yo supiera más que los ejecutantes: el equipo actoral, en lo colectivo, fue sobresaliente. Los chavos salieron a partirse la madre en escena y mantuvieron la energía a tope, cual marcan los cánones dramáticos impuestos por Vázquez. En lo individual, Pamela Ruz (Edith), a más de ser hermosa y nibelunga, es quien más cómoda se siente sobre las tablas. Diego Martínez Villa interpreta a Alejandro, una especie de Doctor Bruce Banner adolescente que se ha extraviado en una de nuestras escuelas técnicas. Diego es joven y tiene que trabajar en su fonación (lo mismo que Israel Sosa que hace el papel de Emilio), la que no está a la altura de su trabajo físico, pero compensa este detalle con su gracia y complejidad. Lariza Juárez interpreta a Sofía, la hermana de Alejandro, una adolescente fuerte y trágica. Lariza recorre su papel y sus personajes siempre a la altura y recursos, pero se queda algo corta en su monólogo póstumo, que estaba hecho para que se luciera. Israel Sosa, en Emilio, interpreta a un joven atrabancado y lo hace así: atrabancado. Laura García es Camila, la insignificante. Ella es una actriz de complexión menuda y como tal, sabe que tiene que hacer las de dinamo para estar a la altura de los demás, con el tiempo acaso entienda que contener proyecta más que la mera explosión y comience a modular. Todo esto me lo platicó entre obras un viejito que se ve que sabía de teatro y estaba fumando mota en el estacionamiento como si ya fuera legal y de buen gusto. Háganle caso a él, no a mí.

Estrambote

Como en las viejas matinés, vi este martes Los que sobran y Wenses y Lala en programa doble, una después de otra con una hora para estirar las piernas y echarse un cigarrito (yo de tabaco). No pude ver a la gran Teté Espinoza haciendo Lala, fue triste, pero Sofía Sylwin está linda y el público la adoró. Pero no vi a Teté Espinoza. Teté: si estás leyendo esto recuerda que te amo pero que eres demasiada mujer para mí.


Era martes, en temporada navideña, la ciudad vacía y el teatro lleno y entregado. Eso dice mucho de Adrián Vázquez, no sé exactamente qué, pero dice mucho.

lunes, 26 de diciembre de 2016

En defensa de la Navidad

Solo por eso no he cerrado mi cuenta de féisbuc. Con todo y todo, sigue siendo una hermosa vitrina de la imbecilidad humana. Si no fuera por el féisbuc, yo seguiría conservando ese pequeñísimo porcentaje de respeto que le tenía al hombre. Y los memes de Yon Travolta. Esos son buenos.

Por estas fechas, corre en la red una grata forma de estulticia, que al mostrarse echa a andar a los pastores, en bola y sin la mínima ortografía, hacia el lado contrario de Belén. Basta que alguien pregunte en cómo puede hacer para desterrar de sus hijos la idea fanática de la Navidad, para que se suelte la horda de imbéciles a escupir sobre los pesebres y los santacloses. Todo esto bajo la premisa generalizada de que el pensamiento mágico es una plaga para la humanidad. Así, de repente, la Navidad es causante de las hambrunas en Somalia, los muertos en Siria, la emasculación femenina en Burundi, y así.

Habrá, pues, que ser tarado, para atribuir todo lo malo de este mundo al pensamiento mágico y todo lo bueno al pensamiento estrictamente científico (y en esta queja ignoro, que por ahora no viene al caso, la forma más pura de pensamiento: el poético). Celebrar la Navidad no mata a las personas, quienes las matan son otras personas y algunas gripas. El ser humano lo mismo recurre al pensamiento mágico que al científico para joder a quien se deje. Más aún, queridos babosos del féisbuc: la misma ciencia está plagada de pensamiento mágico. La materia oscura, verbigracia, tiene tanto de ciencia como rezarle a un perro con cabeza de marrano y cola de mapache.

Entiendo que todos brinquen con entusiasmo al llamado contra la Navidad. No solo por su estupidez congénita, que no es nada nueva y cualquier post en el féisbuc les basta para mostrarse inmediatos en todo su esplendor. Motivos particulares habrá muchos: desde esa sensación de sentirse inteligentes al opinar sobre una idea que consideran probadísima, como que criticar la Navidad por su sustrato fanático o por su naturaleza consumista, al final del día les ahorra mucho en regalos para sus hijos. Pinches marros. ¿En serio creen que sus hijos van a ser más felices tragándose una Maruchan el veinticinco después de haberles explicado la historia del Santaclós y la Coca-cola? De nuevo: pinches marros.


Me encanta la Navidad. Me encanta cuando el vecino se toma unos ponches y, apoyado por su nuevo caraoque, deleita a todo el edificio con sus villancicos. Me encanta cuando se echa unos ponches más y se madrea a la borracha de su vieja por criticarle la entonación. Me encanta cuando el vecino de plano cae rendido por el alcohol y la mujer va de regreso y se lo surte con el palote de amasar. Me encanta cuando el vecino, a fuerza de chingadazos se levanta de regreso y ahí sí se arma la campal. Me encanta cuando llega la patrulla y todos los otros vecinos gritamos incoherencias sobre el respeto a no sé qué género y los polis se los tratan de llevar a la delegación y la vecina araña al poli más morenito y al final se va la patrulla y el vecino nos deleita con un último villancico pero ahora sí, a todo volumen. La otra opción es que en esas fechas estuvieran, vecino y vecina, viendo en la televisión por cable alguna serie muy aburrida y a las once se voltearan a ver muy rutinarios, apagaran la luz y la tele, y se comenzaran a desvestir y tocar sin muchos ánimos. Eso no.

Estrambote

Esta Navidad fue linda para mí. Me visitaron mis hermanas. Lourdes me regaló otro ángel de barro (el año pasado me había regalado uno pero más pequeño), un envase de arequipe (la cajeta colombiana), abierto. También me regaló un lindo nacimiento guatemalteco en miniatura, con un Niño Dios Guatemalteco, una Virgen María guatemalteca, un San José guatemalteco, tres Reyes magos guatemaltecos y dos animalitos, supongo que también guatemaltecos. Mi hermana Ani y Alejandra, mi sobrina, después de aclarar que era de parte de toda la familia Duboise, me rindieron con unos maravillosos tapetes de silicón para el horno y una cantimplora de uso militar a la que todavía no le encuentro uso. Lourdes dejó hasta el final el mejor regalo: una cebra de madera, horrible, que compró en Colombia. Y comimos. Comimos antojitos mexicanos hasta que se nos salieron las garnachas por las orejas. Eso solamente en Nochebuena.


El domingo de Navidad estuvo a la altura de la noche anterior. En esta casa en la que solo entran y salen mujeres, se extraña todo el año el ambiente netamente masculino, así: cabrón, vulgar, bien macho. Ya idas corriendo a Oaxaca mis hermanas, recibí la visita de Alejandro Ricaño y el joven Juan Manuel Hidalgo. Cominos y platicamos. Si ustedes están pensando que estas tres mentes brillantes discutieron sobre los asuntos más peliagudos de la poesía dramática, pues ni madres, ya dije que somos bien machos: estuvimos gritando frente a la televisión durante tres horas de partido de americano y nos volvimos locos cuando el Big Ben, faltando un minuto con diecinueve del último cuarto, recorrió noventa yardas para voltear el marcador y meter a los acereros en la postemporada. Adoro la Navidad. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Mariana Hartasánchez y el error de Mr. Brigth

A Juan Preciado le dijeron que en Comala vivía su padre, y ahí va de pendejo. Algo así me pasó. Alejandra Serrano me juró que Mr. Brigth era el mejor texto de Mariana Hartasánchez y, aunque no me gusta ir al foro en el que se presentaba, le creí a la Serrano y quería ver una sonrisa que para mí es infinita (no la de la Hartasánchez, obviamente tampoco la de la Serrano).

Mariana Hartasánchez es una actriz y cantante fuera de serie, cuando cae en manos de un director solvente es memorable, cuando se dirige a sí misma, lleva sus recursos a exageraciones simplonas y los repite y repite y repite y repite. Y el texto, el texto es de Mariana Hartasánchez.

Cuando Alejandra Serrano me explicó que esta obra es parte de una serie de diez de corte policiaco, me sonó a algo conocido, pero sigo sin saber exactamente por qué. La obra pretende, pues, encuadrarse en el género negro, se anuncia como un asunto detectivesco, de época, sobre los feminicidios. La acción detectivesca, como tal, recorre menos de la quinta parte del relato, y aun cuando pretende resignificar lo que lo era detectivesco en algunas forzadas analepsis, los recursos, en general, están tan sometidos a la gratuidad inmediata que no resignifican nada.

El texto, construido como una serie de ocurrencias estrambóticas, más o menos ligadas en un hilo argumental, echa agua por todas partes. La protagonista no evoluciona hacia ninguna parte, su “ser” se queda en la presentación, porque no es tocado ni sometido a riesgos reales. Al personaje hay que herirlo, herirlo todo el tiempo, ponerlo en situaciones de riesgo que vayan erosionando su identidad hasta romperla. El accidente y la ocurrencia fuera de una línea causal no hieren, no erosionan. La anécdota es un pegote de situaciones que lo mismo están en un extraño pueblo selvático argentino, un ambiente académico machista de los años cincuenta en la UNAM, o la oficina de un productor extranjero de documentales y películas Serie B. Toda la historia, pues, parece ocurrir en la mente de un hebefrénico que no tiene demasiado contacto con la realidad: si recorres desde Buenos Aires mil ochocientos quilómetros hasta una zona amazónica, ya no estás en la Argentina desde hace más de quinientos quilómetros. Si pretendes poner un tronco para cruzar un río, en esa colina que después recorrerá tu perro para traer a tu marido muerto, como menos necesitarías un tronco de más de setenta metros (menos que eso, no sería colina, o podrías cruzar caminando el río). Convencer a una secretaria de que te deje entrar a la impenetrable oficina de Mr. Brigth con un cuentito espiritista, es un una ocurrencia, no un mecanismo.

Si la obra no es detectivesca, no es más que de repente “negra” y muy poquito, no resiste a un análisis de época, verbigracia: las formas de organización de las feministas que presenta y sus acciones son más de nuestros tiempos y en un ambiente académico que suena más a una universidad del Este de los Estados Unidos, y más que un lenguaje de época, el de la autora suena demasiado a diccionario. De hecho, el texto como tal, es duro y frío. Recurre a una retórica de lenguaje más propia de algo para ser leído que para ser cantado.

Mariana Hartasánchez, a pesar de todo esto, me sigue pareciendo un talento fuera de serie, como actriz, como cantante, como escritora. Un talento que necesita revisarse a sí mismo, verse hacia adentro y establecer maneras de categorizar la realidad, su realidad, para entonces ya nombrarla. Sigo creyendo que ella puede darnos una de las obras más brillantes de nuestra dramaturgia, ahí están las piezas, solo que siempre están desordenadas y sin dimensión. Me queda en ella siempre la sensación de que hizo lo más difícil, y lo más elemental se le presenta imposible.

Con todo y todo, valió la pena ir al teatro. Hasta en su peor presentación, siempre paga el boleto ver a la Hartasánchez en la escena, y a la entrada del teatro, me encontré con esa sonrisa que me llena de luz. Fue solo un instante, un reflejo, pero me hizo el día.





Estrambote


Para esa panda de babosas y babosos que andan por ahí cazando cualquier error discursivo para indignarse por la misoginia, les tengo un cliente. Por qué Mariana Hartasánchez, que en Mr. Brigth apela a la misoginia más boba (que no por irse justificando a cada frase en lo evidente deja de ser absolutamente misógina en lo general del discurso), por qué a ella no le cierran sus funciones con máscaras de Miqui Maus o las que ahora usen. ¿Es válido para ustedas y ustedes decir que si le das una formación universitaria a una indígena sudamericana se convertirá en activista o activisto del feminismo y, ya activista o activisto del feminismo, lesbiana descocada, todo esto solamente porque lo firma una mujer? Por qué se indignan cuando Alejandro Ricaño hace un comentario justo y bienintencionado sobre la maternidad, por qué cuando Adrián Vázquez expone de manera puntual la explotación de la mujer en la industria del porno. ¿Es porque ellos ejecutan de manera correcta la comedia? Señoras y señores, babosas y babosos, que andan por ahí queriendo defender a la mujer, las redes se equivocaron al llamarlas y llamarlos feminazis, porque ustedes tienen menos sentido del humor e inteligencia que un enfurecido agente de las SS, en tal caso, deberían llamarlas y llamarlos femisoviets. Y, claro está, deberían tomar un puto curso de redacción.